El Contagio

Mucho antes de que el COVID-19 llegara a nuestras vidas, el contagio ha sido una realidad humana por mucho tiempo, pero no solo al nivel viral.

Siendo seres sociales, una de las cosas que nos lleva frecuentemente al éxito no siempre es nuestro conocimiento o nuestros talentos, sino nuestra capacidad para navegar las interacciones sociales cotidianas que se presentan en nuestras vidas profesionales, tanto como personales.

Ya se ha comprobado científicamente que no existe una correlación definitiva entre el coeficiente intelectual y el éxito, pero si existe una muy clara entre el éxito y la inteligencia emocional. Nuestro coeficiente intelectual es limitado—no es algo que se puede mejorar a lo largo de nuestra vida—pero no es el caso con la inteligencia emocional.

Esto significa que hay un superpoder que corre por las venas de todo ser humano y es su capacidad de transformar su entorno y calidad de vida, empleando el mayor beneficio que nos trae la inteligencia emocional: la influencia.

Hoy en día, ser un “influencer” es un empleo oficial—es alguien que utiliza su fama para crear tendencias en el mercado. Aunque esto tal vez sea una exageración del punto que quiero resaltar hoy, la realidad es sencilla: nuestras acciones tienen consecuencias para el bien o para el mal.

En un estudio fascinante que hizo James Fowler y Nicholas Christakis en la Universidad de California (EE.UU), se logró documentar el nivel en que la felicidad (y la miseria) es contagiosa.

Un fascinante hallazgo fue que la felicidad de un amigo de un amigo de un amigo (tres niveles de separación) impacta la probabilidad de tu felicidad por un promedio del 6%. Lo cual no parece mucho, pero si se compara con otro estudio que demostró que un aumento salarial de $5,000 solo aumenta tus probabilidades de felicidad en un 2%, entonces la felicidad ajena adquiere un nuevo valor para nosotros. Significa que personas que no conoces tienen un mayor impacto sobre tu felicidad que el dinero que puedes recibir en tu trabajo.

Obviamente los porcentajes de influencia aumentan en cuanto la distancia social disminuye—la felicidad de un amigo de un amigo (dos niveles de separación) aumenta tu probabilidad de felicidad por 10% y la felicidad de un amigo directo aumenta tus probabilidades en un 15%.

Esto tal vez nos puede hacer sentir que el secreto está en cuidar de sus seres más queridos, pero lo interesante es que la familiaridad no es (necesariamente) el secreto. La clave es la proximidad combinada con interacciones regulares, afirmada por el hallazgo que la felicidad de un vecino (con quien te llevas bien) te puede aumentar la felicidad por 34%.

La conclusión es casi bíblica porque resalta la importancia de su prójimo—las personas que tenemos cerca y con las que interactuamos a menudo. La buena noticia es que la felicidad es más contagiosa que la miseria, con niveles de contagio de 9% y 7% respectivamente.

Aunque se puede percibir esta información como insignificante—como lanzar una piedra en un enorme lago y ver las olas moverse en círculos hacia afuera—James Fowler explica, que por la estructuración social, se aproxima más a lanzar un puñado de piedras a un lago.

En estos tiempos de encierro, donde el temor y la negatividad reinan, me es reconfortante saber que donde podemos lograr el mayor impacto es con nuestras familias, nuestros amigos y nuestros vecinos—y así podemos tener un impacto mucho mas grande.

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