Alegría y Alergia

Tal vez uno de mis mejores momentos como disléxico, fue cuando tenía más o menos siete años. Le escribí una nota de agradecimiento a mi abuela por visitarnos cuando vivíamos en Venezuela. Yo solo le quería decir que su visita me llenó de alegría, pero en vez de eso le dije que me había llenado de ALERGIA. Si ignoras el acento que lleva “alegría”, en su contenido, las palabras son básicamente 100% idénticas. Pero el orden de dos letras cambia el sentido de la palabra por completo.

Desde entonces me ha gustado jugar con el orden de palabras, letras y sonidos— un juego poco recomendable para disléxicos en general, y la aproveché bien un día en la iglesia. Una parte de una canción decía, “A una voz los cielos cantan…”, y riéndome solito le enseñé mi celular a mi esposa donde había escrito: “Aún a vos los cielos cantan…”. ¡SUENAN IGUALES! Y escritas, las frases solo tienen una letra y un acento de diferencia—pero en significado las frases son completamente diferentes—la original se transformó de alabanza a desprecio solo por el orden de los espacios y una letra (‘s’ en vez de ‘z’, que por cierto hasta suenan iguales cuando se lean).

No solo pasa con palabras y frases. También hay cosas que se parecen mucho, aún cuando sus significados son muy diferentes.

El gozo y la felicidad se parecen mucho en como se manifiestan, pero la primera es una reacción y la segunda es una actitud.

La humildad se puede confundir mucho con la modestia, y yo lo sé—muchos me han dicho que soy “humilde”, pero tal vez solo yo sé que el silencio que algunos interpretan como humildad, muchas veces la guardo para cuidar mi reputación (interés propio) mientras que en mi corazón puedo estar pensando algo arrogante como: “es mejor no tirar sus perlas a los cerdos”.  Lo mío es modestia—un comportamiento o código social que guarda una paz artificial entre personas—no siempre es malo, pero definitivamente no es humildad. Tal vez sin saberlo, Ricardo Arjona resumió bien a la modestia cuando cantó: “Aquí no es bueno el que ayude sino el que no jode, acuérdese…”

Hablando más generalmente, todos tenemos las mismas 24 horas cada día, pero como ordenamos nuestro tiempo lo es todo. Durante la cuarentena, del COVID-19, tal vez nos hemos sentido estresados por cómo pasan los días, ya que trabajar en casa no es tan productivo como imaginábamos. El consejo que muchos han compartido para combatir la locura y la ansiedad, es crear horarios diarios para poner alguna estructura en medio del desorden. De esa manera podemos mejorar nuestra eficiencia y recalibrar nuestras expectativas (las cuales son la verdadera causa de nuestras frustraciones).

Sabemos que debemos dedicarle tiempo a nuestra familia, ¿pero cuál momento le estas dando a tus hijos o a tu pareja?, ¿esperas hasta el final del día cuando ya estas agotado/a? Tal vez sean las mismas tres horas, pero todos terminan experimentándolos de manera muy diferente DEPENDIENDO DE COMO SE ORDENAN.

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